jueves, 2 de diciembre de 2010

UN PUEBLO QUE VIVE EL PORRO PELAYERO




Por ANDREA TRIVIÑO VALBUENA
Alrededor de fandangos, velas, sonrisas, el canto de las aves al amanecer, palmas al compás de un son, atuendos coloridos, danza y otros tantos elementos que componen la alborada tradicional que año tras año se realiza para dar apertura al Festival Nacional del Porro Pelayero, evento que se considera una de las mayores expresiones de la cultura sinuana; se realiza desde 1977 y se ha mantenido esta hermosa tradición hasta el día de hoy en la época de verano de la que muchos colombianos aprovechan para vacacionar: finales de Junio y principios de Julio. Este acontecimiento congrega a miles de personas entre turistas y músicos, quienes son bien recibidos por los habitantes de San Pelayo, municipio perteneciente al departamento de Córdoba y que es considerado la capital mundial y cuna del Porro Pelayero, un ritmo colombiano que surge como respuesta a la necesidad de los primeros habitantes de la costa atlántica de amenizar las fiestas que se realizaban para olvidar las penas y el miedo a morir, como muchos de sus familiares y amigos esclavos lo habían hecho en manos de los europeos. Por estos días se inicia un intercambio cultural entre los esclavos traídos del África y los nativos de estas tierras; con cañas de los cultivos, cueros de animales y troncos de árboles se construyeron los primeros instrumentos que dieron origen a gran variedad de ritmos, entre ellos el porro.
El pequeño pueblo de San Pelayo fue fundado en el año 1777 el 6 de Mayo, por el congregador Antonio de la Torre y Miranda, quién le dio una nueva jurisdicción al caserío de “Cacagual”, conocido así por su riqueza en cacao; le dio el nombre de San Pelayo en honor al niño mártir español quien fue desmembrado con tenazas de hierro por oponerse a las prácticas homosexuales del Califa Abderramán III. Todo el lugar fue invadido por españoles, razón por la que los campesinos y esclavos inventaron diversiones propias en la plaza del pueblo, actividades al aire libre en las que se bailaba hasta el amanecer con el sonar de las cañas y los primitivos tambores ya mencionados, mientras, los terratenientes bailaban y cenaban en las salas de sus majestuosas casas al son de danzas, polcas y mazurcas que se interpretaban con instrumentos metálicos importados. La ganadería se establece como actividad económica de las fértiles tierras míticas del río Sinú y con ella las fiestas de toros o corralejas, consistían en soltar novillos y toros por las calles del pueblo mientras hombres corrían delante de los salvajes animales; de esta manera el campesinado realiza una protesta contra el poderío y riqueza ganadera de los terratenientes, haciendo una manifestación propia del pueblo, expresándose libremente. Es aquí donde los músicos de la sala pasaron tocar al centro del pueblo para amenizar estos jolgorios, y a diferencia de los pitos, los instrumentos metálicos tenían la resonancia necesaria para que se escucharan en toda la plaza, en estos instrumentos como el clarinete, la trompeta y el trombón ya no solo se escuchaban polcas sino que su repertorio cambió a la música popular autóctona. Así se da la posibilidad del desarrollo del porro y del contacto de los artistas campesinos de los pitos, con los instrumentos metálicos que brindaban mayores posibilidades de interpretación. En palabras de la investigadora Lotero: “Esta transformación del porro primitivo ocurre de manera especial en el municipio de San Pelayo. En este pueblo, donde empiezan las tierras del bajo Sinú, se moldea un porro con estructura especial, que hoy se conoce como porro pelayero o porro palitiao”. Los compositores de los ritmos que se interpretaban en los tambores de cuero y las cañas de un cultivo, reacomodaron su música y le dieron flote a su creatividad, no abandonaron sus ideas ni los ritmos que crearon en un inicio para otros instrumentos, sino que acogieron a estos nuevos sonidos provenientes de un metal, le dieron dinámica y colocaron sobre estas melodías todo el sentimiento, el sabor y la alegría que por las venas de los pelayeros corre desde tiempos de antaño. Porro Pelayero, es el nombre que se le da a este sabroso ritmo en honor al pueblo donde nació, a la plaza donde se tocó por primera vez y a todos los habitantes que bailaron alrededor de los músicos y que permitieron que su cuerpo se dejara llevar por el sonido e invadiera todo su ser.
La primera gran banda que existió en San Pelayo se dio gracias al comerciante Diógenes Galván Paternina, quién según el Licenciado William Fortich Díaz trajo los instrumentos del exterior, que desde Panamá llegaban a Cartagena y allí se compraban, eran instrumentos viejos que ya llegados a San Pelayo se arreglaban con alambre y cera, ellos dieron origen a la banda pelayera del momento, que causó gran emoción entre los habitantes de la región quienes se reunían a bailar al son de las viejas y oxidadas cornetas que destellaban uno que otro brillo a la luz de las velas. Causó mayor sensación cuando el Señor Paternina puede realizar negocios con unos franceses que le encargan viajar a Paris para comprar algunos artículos, es así como el ve la oportunidad de comprar instrumentos nuevos para la banda, estos, luego de un tiempo llegaron sobre una canoa que viajaba por el rio Sinú, la gente aplaudía y gritaba desde la ribera del río; al año siguiente cuando el comerciante pudo regresar fue recibido como un héroe.
De manera empírica se empezaron a sonar los clarinetes, las cornetas, el bombardino, el bombo, los platos, la caja y los trombones, instrumentos que hoy en día se conocen como la base para un porro pelayero que se goza, se baila, y se aplaude. Fue así como se transmitió el conocimiento de generación en generación, sin partitura, sin técnica, simplemente se tocaba con el corazón y por medio de cada porro pelayero se contaban historias míticas, leyendas y cuentos que gracias al mismo ritmo surgieron; una de las historias más conocidas es la de María Varilla hermosa mujer morena, legendaria bailadora y fiestera que según cuentan, cada vez que escuchaba a una banda tocar, pedía que interpretaran un porro pelayero, ningún bailarín pudo resistir el ritmo de esta mujer, pues bailaba días y noches sin parar por las calles de San Pelayo, murió trágicamente al bañarse con las aguas frías del rio luego de una fiesta en la que su cuerpo se había impregnado con el calor de la luz de las velas y el ritmo de la música. Años más tarde se compone una canción en ritmo de Porro pelayero y en honor a esta trabajadora doméstica, tema titulado con su nombre “María Varilla” y con este porro se inaugura anualmente el festival Nacional del Porro Pelayero, este tema es considerado por muchos el himno de la población.
Fueron dos las bandas que comenzaron con la tradición de tocar por las calles e iniciaron con las “piquerías” evento que se ejecutaba en la plaza y en donde una banda retaba a la otra, realizando solos de instrumentos y demostrando su talento para así superar a los músicos de la banda retante. Estas dos agrupaciones se conocían como la “Ribana” que pertenecía a los barrios de arriba de San Pelayo y la “Bajera” que pertenecía a los barrios ubicados abajo del pueblo, pero estas bandas no solamente defendían su nivel musical, sino que había una constante pelea entre conservadores y liberales que se vio reflejada en cada piquería. Se formaron bandas en muchos sectores del pueblo como la “Central”, la “Arriera” porque sus integrantes iban por los caminos uno tras del otro, la “Calloviejo” pero que en el pueblo se conocía como la “Guarapo” porque muchos de sus integrantes cultivaban caña y de esta sacaban el guarapo, la “Tabaquera” ya que los músicos de esta banda disfrutaban al fumar tabaco, entre otras, y es así como se dejan de lado a las agrupaciones de tres o cuatro músicos y las bandas de hasta quince intérpretes se toman al pequeño y bello San Pelayo. La gente acostumbraba a reunirse en la plaza del pueblo y en cada esquina escuchar a las bandas, expresaron su alegría a través del baile que años más tarde se estableció coreográficamente y que lleva elementos característicos como las velas, con las que la mujer repele el cortejo del hombre pero si por el contrario, acepta, el suave movimiento de caderas y el abrir de su larga falda colorida expresa la aceptación, el hombre baila un poco agachado y con sus ojos fijos en la mujer. Como el porro pelayero en su origen no tiene letra y por tanto no se canta, los bailarines gritan palabras como guapipi que es una exclamación característica del hombre y que surge del ombligo del hombre cordobés, se mete en su diafragma, en el pecho y que sale como el sonido de la trompeta, sonido que domina y más tarde es acompañado por un nojodas. Hoy en dia encontramos excepciones, es decir Porros Pelayeros que tienen letra entre ellos: “El tragaplaza” y “La protesta del porro”, que es un clamo por la decadencia de las expresiones culturales de Córdoba y Sucre.
Algunos criollos estudiosos de la música se encargaron de difundir la teoría que habían aprendido a través de la interpretación de obras del repertorio clásico europeo, iniciaron la enseñanza en los campesinos que tocaban los porros con tanta naturalidad y que pertenecían a alguna banda del sector, ellos fueron los maestros Manuel Zamora, Antonio Cabezas y Manuel Dechamps, quienes colaboraron con el establecimiento de los patrones rítmicos y melódicos del porro pelayero y junto con esto el desarrollo del mismo hasta producir una expresión propia del pueblo pelayero, una propuesta nueva y de alta calidad que musicalmente hablando muestra el resultado de sólidas bases teóricas y una excelente formación musical .El maestro Valencia Salgado, compositor de porros, explica de la siguiente manera la estructura del porro palitiao:
“El porro pelayero se inicia con ocho compases de danza que los viejos llaman introducción. Melódica y rítmicamente esta parte se parece mucho a un danzón (se dice que el primer director de banda en el Sinú fue un cubano). En esta introducción todos los instrumentos entran. Unos para llevar el asunto melódico y otros para armonizar y llevar el ritmo. Después de estos ocho compases surge lo que llamamos contrapunteo o diálogo musical entre los instrumentos de voces agudas y graves. Las trompetas preguntan y los bombardinos, clarinetes y trombones responden. Este diálogo se interrumpe con la presencia de los clarinetes que atacan la bozá. Aquí los clarinetes son dominantes. Ofrecen un recital mientras los bombardinos armonizan improvisando acordes sin salirse del tema. Bozá significa bozal, lazo que amarra. Es en esta parte donde el porro pelayero se decanta totalmente. Dicen los pelayeros: "Se amarra el ritmo”. ¡Se hace profundo, hondo! Precisamente en esta parte el bombero deja de golpear los parches de su instrumento para repiquetear en uno de los laterales de él. La caja y los platillos, en este instante, llevan el compás como tratando de copiar onomatopéyicamente brisas, roces de hojas secas, venteos de arroz en balayes campesinos, lluvia menuda... Al finalizar esta segunda parte se repite la obra, según la animación de los danzantes y la inspiración de los músicos. Termina el porro con la misma danza inicial”
La creación de gran variedad de obras musicales en el género de porro pelayero se remonta hacia los años entre 1905 y 1930, creaciones compuestas por hombres humildes de apellidos populares en la zona: Garcés, Ramírez, Paternina, Angulo, Galván, Guerra, Herrera y muchos más, composiciones en la que se expresa el diario vivir de una sociedad cuyo principal sustento se basa en la ganadería, la agricultura, obras en las que la misma madre selva de los montes que son cultivados deja su huella, Porros Pelayeros titulados: El Pájaro, El Tortugo, El Ratón, El Pilón, El Conejo Pelao, la “Chucha” de la Perra y porque no, La Mona Carolina, Lorenza, Fandango Viejo Pelayero, el Binde, María Varilla, Mocarí, Soy Pelayero, Sábado de Gloria, el Gran Narzo, No te Tires por el Suelo, Siete de Agosto, Catalina, que son como dice el licenciado William Fortich Díaz “flora, fauna, sociedad, escritos en una obra musical instrumental, que hemos recibido por tradición oral o auditiva” , si se desea, estas músicas resumen el orgullo de los habitantes de la región en pocas palabras melódicas que atacan directamente al corazón. Allí está puesta por medio de notas musicales la memoria, la historia de este municipio que da paso a la imaginación de paisajes, de personajes, de sentimientos que no requieren de palabra alguna para ser descritos.
Es así como una noche entre tragos y risas según cuenta el legendario trompetista José Galván Lugo a quien se le exalta su talento musical con la composición “El tragaplaza” título dado por el sobrenombre que José tenía, ya que al tocar con su trompeta en la plaza del pueblo todos los músicos se callaban y muchos bailarines lo rodeaban, además este es uno de los pocos porros que como anteriormente se menciona tiene letra; se encontraban el Doctor Vladimir Angulo, El Doctor Mauza, El Doctor Edgardo Hernández y Galván Lugo, quienes esa noche en el kiosco de “Comadre Aura” se pusieron en la tarea de hacer un festival en Pelayo, la Alcaldía aprobó esta propuesta y con el ánimo de celebrar el bicentenario de fundación del municipio se realizó el Primer Festival del Porro Pelayero, esto, con el fin de salvar los valores folclóricos de la comunidad pelayera y así mismo rescatar al músico pelayero, pues al ser este un municipio pobre, el músico estaba pasando de ser maestro y compositor, a deambular por una calle intentando recoger cualquier moneda para sus sustento, y los “doscientos años de pobreza” como dice el primer presidente del festival, el señor Edgardo Hernández, fueron el momento perfecto para mostrar al pueblo colombiano la riqueza de este sector. Fue un día inolvidable para todos los habitantes que a las 4:00 a.m. vieron la llegada de las bandas invitadas, la primera alborada que llenó el corazón de muchos pelayeros de nostalgia, que hizo derramar lagrimas de alegría en todos aquellos que percibieron al municipio vivo de nuevo, con su plaza llena de músicos y de bailarines, fue ese 24 de Junio de 1977 en el que el tranquilo pueblo de San Pelayo, un pueblo olvidado y pobre salió del anonimato y compartió con el mundo entero la alegría de ser pelayeros. En este evento memorable, fue la banda de “Laguneta” quien se llevó el trofeo. Por varios años los músicos y los visitantes fueron víctimas de desbordamientos del rio Sinú, como las calles de San Pelayo no eran pavimentadas, la presencia del barro y los mosquitos no permitían del disfrute total de esta deliciosa música, poco a poco y con esfuerzos de la población se ha logrado tapar las principales vías por las que se realizan los desfiles, y se construyó la concha acústica; sin embargo la pobreza sigue siendo un factor que entristece a sus habitantes.
Pero algo más triste aún es la degradación que el festival ha tenido en los últimos años, pues se ha desviado de su objetivo principal, el de rescatar el Porro Pelayero tradicional y mantenerlo como patrimonio cultural del municipio, pues muchos artistas ajenos al festival aprovechan estas celebraciones para captar la atención de las nuevas generaciones, en el último festival se contó con la presentación improvisada de Jorge Villamizar, vocalista del grupo bacilos, al igual de cantantes vallenatos como Jorge Celedón. Esto ha causado un fenómeno del que los maestros del Porro Pelayero como lo son Julio Paternina, Alavaro Castellanos y el mismo “Tragaplaza”, entre otros, se sorprendan al notar que este Festival se ha convertido en una fiesta más para muchos, y que prefieren escuchar a estos artistas comerciales que han impuesto su música en las jóvenes generaciones, que danzar al son de un porro autóctono de la región, por esto mismo la participación de jóvenes en el festival es muy reducida, pues muchos de ellos optan por bailar en una discoteca un reggaetón que aportar al festival para el rescate de obras, valores, historias etc. Se espera que los esfuerzos hechos por realizar este certamen y más aún por rescatar la cultura pelayera no sean en vano y que el trabajo que se ha reunido con la “Casa del Porro” perdure por muchos años más, se reconoce la tarea de algunas universidades y colegios que implementan la educación musical a partir del porro; cabe recordar a tantos compositores que en una época fueron grandes y que ahora se encuentran en el olvido y en abandono, mientras poderosas compañías disqueras reproducen sus composiciones, que como no fueron registradas y no existen partituras de la mayoría de estas no son remuneradas de la manera que debiera ser.¿ Qué pasará entonces con los futuros festivales del Porro Pelayero? ¿Seguirá siendo inundado por artistas ajenos al porro? ¿Es posible recuperar las raíces del Porro Pelayero?
Que nunca se pierda la esencia del Porro Pelayero, así todas estas preguntas serán resualtas, que para todo aquel que se sienta identificado con este ritmo y que sus notas le hagan erizar la piel, este se convierta en algo mas trascedente que un género musical, sea como lo fue para tantos músicos de banda y compositores, una forma de ser, de imaginar el mundo, de concebir el tiempo, una manera de pensar que relaciona la religiosidad con la magia, que se transmite por tradición oral, que trae consigo una amplia gama de alimentos, una danza, una actitud diferente frente al trabajo, la existencia de una familia, el sentimiento de amistad, solidaridad, respeto, honestidad y autoridad, la creencia de la existencia de un “cordón umbilical” que nos apega a la tierra y a la vida misma, aún se puede dejar volar la mente al escuchar un porro pelayero, dejarla volver a esos paisajes perdidos y simplemente sentir que el alma se complementa con el sonar de una trompeta, que navega como las canoas por el rio Sinú.

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